Por Antonio Luis Aguilera
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Plaza de toros de Sevilla |
Una de las cosas que caracteriza a una plaza de toros es el criterio de su afición y de la autoridad que ocupa el palco presidencial. Sevilla siempre fue una plaza con sello propio, donde sus silencios pesaban como una losa avergonzando a los toreros, y la entrega de su público era signo de reconocimiento y respeto: la aprobación de una obra bien hecha. Hasta en esa entrega Sevilla siempre fue cauta para administrar su saber ver el toreo, para analizar el comportamiento de los toros, y para medir en su justa medida la lidia. Salvo con algunos de «sus toreros», que gozaron de trato especial, Sevilla fue una plaza dura para la torería foránea, que debía de estar muy espabilada y hacer las cosas mejor que bien para obtener un triunfo que siempre otorgaba categoría.
Pero Sevilla ha cambiado, ya no es la misma. Por ley de vida han desaparecido aquellas generaciones de grandes aficionados que precedieron a los que hoy ocupan los asientos de la plaza más bonita del mundo. Y aunque todavía mantiene una afición selecta que ya quisieran para sí muchas plazas, entre los cabales que distinguen el paño se mezcla una masa triunfalista de escaso saber y menos prudencia, que estalla al primer lance o muletazo sin esperar para comprobar el planteamiento de la lidia, el acierto de los terrenos elegidos, el acoplamiento entre los protagonistas, o sin medir si el desarrollo, templanza y resolución de la suerte cobra idéntica verdad y belleza a la del embroque que provocó un precipitado estallido de júbilo. Ya no suele escucharse ese runruneo general del «bien» que precedía al ole emocionado con que estallaba toda la plaza.
Del mismo modo, tampoco se valora proporcionalmente la resolución de la faena, la firma que con el acero ha de estampar el matador sobre la cruz del animal. Como en tantas otras plazas, ahora lo importante es que el toro doble pronto, sin importar mucho la ejecución de la suerte suprema, la trayectoria de la espada y el lugar de la anatomía donde se haya alojado. Las estocadas que hace años se criticaban porque estaban en «el rincón» hoy serían estoconazos de primera categoría ante esos sablazos que se alojan en los bajos e incluso en «el chaleco», sin que importen mucho o poco para solicitar del palco un premio grande para el torero.
Y si el palco lo ocupan aficionados que llegado el momento de tomar su decisión no son capaces de soportar la presión de los triunfalistas, al relevo generacional del público de la plaza se suma ese otro cambio de criterio de un palco que ahora no valora en su justa medida la excepcional bravura de un toro en el ruedo antes de rajarse por estar pasado de faena, o que desde ese balconcillo, que nunca fue fácil para los toreros —salvo para algunos de Sevilla, como ya hemos dicho—, ahora flameen pañuelos blancos a pares ninguneando la categoría de una plaza que siempre fue única. En el tramo que va de feria se han tomado decisiones impropias por el presidente de las corridas, como no premiar con la vuelta al ruedo a un excelente toro, o regalar una Puerta del Príncipe, por razones que trascienden a las taurinas, a un matador que ofreció una gran tarde de toros y debió cortar una oreja de peso en cada toro. Esperemos que el palco vuelva a ser el palco y la tómbola de premios baratos siga donde tiene que estar: en la calle del infierno del recinto ferial.